“El Bigidi…más que un desequilibrio permanente” Imprimir

“Cuando uno toma el tiempo de observar a un bailador de Léwòz, ve desprenderse de su danza una leve complejidad, sutil, casi indecible, y muy profunda.
Durante mis investigaciones, solía enfocarme en el Bigidi musical y en la relación intrínseca, y hasta simbiótica, entre el bailador y el músico llamado Makè. Cada uno es una entidad potente que desafía y esquiva al otro. Sin embargo una horizontalidad relacional domina y se inscribe en el cuerpo, en el sonido, porque cada uno es libre en su composición gestual y musical. Los dos, a través de la improvisación,  juegan con la ley de la desestabilización para demostrar su virtuosidad. Este juego muy sutil del Bigidi gestual y musical entre bailador y Makè, que domina el baile de manera permanente, es tan extremo que ya uno no puede distinguir quien guía a quien. Esta relación temporal y esa traducción corporal se basan en la capacidad de los dos protagonistas a variar los cambios de dinámicas (lento, rápido, entrecortado, contratiempo, síncopa, silencios habitados…).
Yo notaba que todos esos Bigidi conjugados podían, en cualquier momento, provocar la caída final y fatal del bailador. Sin embargo, el cuerpo del bailador Léwòz nunca tocaba el piso, fuera lo que fuera su último movimiento desequilibrado. Esa gestual me fascinaba…me fascina el cuerpo que se hela en un silencio habitado para, en seguida, empezar de nuevo con una loca frenesí, aparentemente a la deriva, titubeante, vacilante en su desplazamiento a la merced del ritmo de la inestabilidad, rozando la tierra, en suspenso, esperando la caída final. Es como si el cuerpo fuera retorcido, fijado en su anclaje personal, marca infalible de su identidad intrínseca, y que, de repente, con una aparente facilidad, se convirtiera en un maestro del arte del desequilibrio, gracias a ese candado que lo mantiene en pie aunque fuera disparate.”

Lénablou